No es la IA el mayor riesgo para el desarrollo de niños y adolescentes

La discusión pública suele buscar amenazas visibles y hoy, una de ellas es la inteligencia artificial (IA). En esta línea, se advierte que puede debilitar la escritura, reducir la capacidad de análisis, empobrecer el pensamiento crítico o acostumbrar a niños y adolescentes a delegar en una máquina aquello que deberían aprender a construir por sí mismos.

Obviamente, la preocupación no es absurda porque si la inteligencia artificial se usa como sustituto del esfuerzo intelectual, puede transformarse en un atajo pedagógico riesgoso. Y en ese sentido, un niño que no aprende a formular preguntas, buscar evidencia, contrastar fuentes, equivocarse, corregir y volver a pensar, probablemente perderá oportunidades valiosas para desarrollar habilidades cognitivas.

Sin embargo, corremos el riesgo de terminar convirtiendo a la IA en el gran villano de la infancia, mientras dejamos en segundo plano un problema más profundo y más antiguo como es el ambiente en que están creciendo nuestros niños y niñas.

Corremos el riesgo de terminar convirtiendo a la IA en el gran villano de la infancia, mientras dejamos en segundo plano un problema más profundo y más antiguo como es el ambiente en que están creciendo nuestros niños y niñas.

Chile vive hace años bajo una sensación extendida de inseguridad debido a la delincuencia, los asaltos, el narcotráfico y la pérdida de confianza en los espacios públicos, que no son solo problemas policiales o electorales. Son condiciones de vida y éstas importan para el desarrollo infantil.

Cuando una familia evita salir a la plaza por miedo, cuando un niño deja de jugar en la calle, cuando el barrio se vuelve amenazante, cuando la rutina se organiza en torno a la desconfianza, cuando el sueño se altera por el estrés del hogar o las balas del entorno, se paga un alto costo. Lo que se impacta negativamente es la forma en que niños y niñas aprenden, se regulan emocionalmente, confían en los adultos y se relacionan con el mundo.

Un estudio liderado por investigadores de la Universidad de Washington en St. Louis, publicado en Science, analizó datos de casi 12 mil niños y niñas de 9 a 10 años. La investigación revisó cientos de variables biológicas, psicológicas, sociales, conductuales y ambientales, y encontró que las condiciones socioeconómicas de la familia y del vecindario mostraban la asociación más fuerte con medidas de estructura y función cerebral.

El estudio no dice que la pobreza, la inseguridad o el estrés determinen para siempre el cerebro de un niño, pero sí recuerda que el desarrollo cerebral ocurre en contextos reales, no en abstracto, ni solo dentro de la sala de clases, ni solo frente a un computador.

El cerebro infantil se desarrolla en medio de rutinas, vínculos, sueño, alimentación, juego, seguridad, lenguaje, contacto físico, confianza y oportunidades. También se desarrolla bajo estrés, miedo, incertidumbre, violencia, encierro, ruido, sobreexposición a pantallas y falta de espacios seguros.

Por eso, la pregunta por la inteligencia artificial debe ponerse en perspectiva. La IA puede ser un problema si reemplaza el pensamiento, pero también puede ser una herramienta positiva si se usa con orientación, límites, supervisión adulta y sentido pedagógico. El riesgo no está en que un niño pregunte algo a una plataforma como ChatGPT, Gemini o Claude, sino en que deje de hacer el esfuerzo de comprender, comparar, argumentar y decidir.

El riesgo no está en que un niño pregunte algo a una plataforma como ChatGPT, Gemini o Claude, sino en que deje de hacer el esfuerzo de comprender, comparar, argumentar y decidir.

En Chile, la inseguridad ha sido tratada principalmente como una urgencia de orden público. Y lo es. Pero también debería ser comprendida como una amenaza al desarrollo humano. Una población tomada por el miedo no solo pierde tranquilidad; pierde vida comunitaria, vínculos, juego, movilidad, confianza y horizonte.

Para la infancia, eso es especialmente grave porque los niños necesitan explorar, moverse, jugar, necesitan adultos disponibles, necesitan rutinas que no estén dominadas por la amenaza y, claramente, necesitan barrios donde el espacio público no sea percibido como territorio perdido.

Si esa base se debilita, no basta con entregar computadores, instalar plataformas educativas o enseñar programación. Ninguna tecnología compensa por sí sola la falta de seguridad emocional, sueño suficiente, vínculos protectores, conversación, lectura, juego y oportunidades reales.

Por eso, la discusión sobre IA y desarrollo cognitivo debe ser seria. Hay que regular su uso en educación, proteger datos de niños y niñas, evitar que reemplace tareas esenciales del aprendizaje, formar a docentes y familias, y enseñar verificación, argumentación y pensamiento crítico.

Todo eso es necesario, pero sería un error creer que el futuro intelectual de una generación se juega solo en ChatGPT, Gemini o cualquier otra plataforma. Se juega también en la plaza que ya no se usa, en el trayecto escolar que da miedo, en el sueño interrumpido, en la familia sobrepasada y en la normalización de una infancia bajo estrés.

La pregunta de fondo no es solo qué tecnología usarán nuestros niños, es en qué país, en qué barrios, en qué hogares y bajo qué niveles de confianza podrán crecer.

Esta editorial expresa la posición institucional de Salud al Día sobre un tema de interés público vinculado a salud, bienestar, prevención, sistema de salud, políticas públicas o debates relevantes. Este contenido tiene fines informativos y de reflexión, y no reemplaza la consulta, diagnóstico o tratamiento indicado por un profesional de la salud.

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