Regresiones infantiles: ¿por qué algunos niños y niñas vuelven a conductas que ya habían superado?

Niño pequeño acompañado por un adulto cuidador en un momento de contención emocional en el hogar
Las regresiones infantiles pueden aparecer ante cambios, estrés o nuevas experiencias, y suelen requerir contención y acompañamiento.

Imaginemos las siguientes situaciones: un niño que ya dormía solo vuelve a pedir compañía a sus padres durante la noche. Una niña que había dejado los pañales empieza nuevamente a tener «accidentes» y a necesitar pañales. Otro niño, que ya hablaba con más claridad, comienza a usar un tono más infantil y a «retroceder» en su habla. También puede aparecer mayor dependencia, llanto, rabietas, rechazo a comer, necesidad constante de brazos o dificultad para separarse de sus cuidadores.

Naturalmente, estas conductas pueden preocupar a madres, padres y cuidadores, sin embargo, muchas veces corresponden a lo que se conoce como regresiones infantiles, es decir, momentos en que niños y niñas parecen retroceder temporalmente en habilidades o comportamientos que ya habían adquirido.

Según la UNICEF, las regresiones son frecuentes en el desarrollo infantil, especialmente en los primeros años y suelen aparecer cuando el niño o niña está enfrentando cambios, nuevas experiencias o exigencias emocionales que aún no sabe expresar con palabras.

Qué es una regresión infantil

Más formalmente, diremos que una regresión ocurre cuando un niño o niña vuelve a actuar de una manera más propia de una etapa anterior de su desarrollo. Esto no significa necesariamente que haya perdido para siempre una habilidad ni que exista un problema grave de desarrollo.

Puede expresarse como mayor necesidad de ayuda, más apego, dificultades para dormir o comer, «accidentes» después de haber logrado control de esfínter, lenguaje más infantil, rabietas, miedo a separarse o pérdida temporal de autonomía.

En estos contextos, la clave es entender que, en muchos casos, la regresión es una señal de adaptación y que el niño o niña está intentando enfrentar algo que le resulta difícil, intenso, incierto o nuevo.

Por qué pueden aparecer

Las regresiones pueden surgir en distintos momentos del desarrollo infantil. A veces aparecen justo antes o después de un avance importante, como empezar a caminar, dejar pañales, ingresar al jardín infantil, dormir en su propia cama o vestirse sin ayuda.

También son frecuentes frente a cambios familiares o ambientales tales como la llegada de un hermano o hermana, un cambio de vivienda, separación de los padres, cambio de colegio, inicio de sala cuna o jardín, enfermedad de un familiar, duelo, conflictos en el hogar o situaciones de estrés.

Incluso eventos positivos pueden generar tensión, tales como convertirse en hermano/a mayor, lo que puede ser una alegría para la familia, pero también puede despertar inseguridad, celos o temor a perder atención.

En esos casos, el comportamiento regresivo puede funcionar como una forma de decir “todavía necesito que me cuiden”, “mírenme”, “esto me cuesta” o “no sé cómo manejar lo que siento”.

La llegada de un hermano o hermana

Uno de los ejemplos más comunes es la llegada de un nuevo bebé a la familia. Ante este acontecimiento, un niño o niña que ya comía solo/a puede volver a pedir que le den la comida en la boca. Una niña o niño que había dejado el chupete puede pedirlo otra vez. Otro puede querer dormir con sus padres, volver a hablar como guagua o tener accidentes después de haber aprendido a ir al baño.

Esto no debe interpretarse automáticamente como manipulación o mala conducta, ya que muchas veces es una forma inmadura, pero comprensible, de buscar seguridad afectiva.

La recomendación de especialistas es evitar frases como “ya estás grande”, “no seas guagua” o “mira cómo se porta tu hermano”, ya que ese tipo de respuestas puede aumentar la vergüenza y el estrés, además de reforzar la inseguridad.

Es más útil reconocer y validar la emoción, al mismo tiempo que mantener límites claros. Por ejemplo, decir: “Sé que a veces quieres que te ayudemos como antes. Estás aprendiendo a ser hermano mayor y eso puede ser difícil. Yo te sigo queriendo igual”.

Cómo pueden ayudar madres, padres y cuidadores

La primera respuesta debe ser la calma porque si el adulto reacciona con enojo, burla o castigo, el niño/a puede sentirse más inseguro/a y necesitar todavía más contención.

Conviene observar qué pudo haber cambiado en la vida del niño, por ejemplo, ¿Empezó el jardín? ¿Nació un hermano/a? ¿Hay más tensión en la casa? ¿Ha dormido peor? ¿Hubo enfermedad, duelo o separación? Entender el contexto e identificar la causa del retroceso ayuda a responder mejor.

Una forma adecuada de enfrentar estas situaciones y etapas del desarrollo puede ser el enfoque de cuidado afectuoso promovido por Unicef, OMS y el Banco Mundial, sobre el que puedes leer aquí.

También es importante ofrecer seguridad emocional, y esto no significa permitir cualquier conducta, sino transmitir que el niño/a sigue siendo querido/a y protegido/a. Un tiempo breve, diario y exclusivo con el/los adulto/s puede ayudar mucho, incluso si son 10-15 minutos de juego, lectura o conversación sin pantallas y de contacto e interacción de calidad.

En línea con lo anterior, es importante destacar que el juego también puede ser una herramienta valiosa, ya que a través del juego simbólico, niños y niñas expresan miedos, celos, rabia o confusión que todavía no logran poner en palabras. En este sentido, jugar con muñecos, animales, bloques o historias puede permitir que elaboren lo que están viviendo.

Las rutinas son otro apoyo, ya que mantener horarios relativamente estables para dormir, comer, bañarse o prepararse para el jardín entrega previsibilidad y reduce la sensación de desorden.



Contener no significa dejar de poner límites

Acompañar una regresión no implica abandonar las normas, y de hecho, los límites siguen siendo necesarios, pero deben aplicarse sin que incrementen el dolor emocional y la inseguridad.

Si un niño pega, empuja o grita, se puede validar la emoción sin aceptar la conducta, por ejemplo: “Entiendo que estabas muy enojado/a porque querías el juguete, pero no podemos golpear a otra sperosnas por eso. La próxima vez puedes pedir ayuda o decir que estás molesto/a”.

En el caso de accidentes de esfínter, lo recomendable es responder con neutralidad, ayudar a limpiar y volver a la rutina sin convertirlo en una escena de culpa. Si hay dolor al orinar, estreñimiento, fiebre, escapes persistentes o cambios llamativos, se debe consultar con un profesional para descartar causas físicas.

Cuándo consultar

Muchas regresiones son transitorias y duran algunos días o semanas, sin embargo, conviene pedir orientación profesional si el cambio se mantiene más de lo esperado, si empeora, si aparece junto a señales de ansiedad intensa, aislamiento, tristeza persistente, agresividad marcada, pérdida importante de habilidades, problemas severos de sueño o alimentación, o si hay sospecha de dolor, infección, estreñimiento u otra causa médica.

También se debe consultar si el niño deja de mostrar interés por avanzar, jugar, comunicarse o relacionarse, o si la familia siente que no puede manejar la situación.

Pediatras, psicólogos infantiles, educadores y equipos de salud pueden ayudar a distinguir entre una regresión esperable y una señal que requiere evaluación.

Sin duda que las regresiones infantiles pueden ser frustrantes, pero la mayoría d elas veces son parte del proceso natural de crecer y desarrollarse. El avance no siempre ocurre en línea recta y a veces, para enfrentar un cambio, un niño o niña necesita volver por un tiempo a formas conocidas de recibir cuidado.

Este artículo se basó en las siguiente fuentes oficiales y especialistas:

La información publicada es de carácter orientativo y no reemplaza la consulta con un profesional de la salud.

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